jueves, 28 de mayo de 2015

Fibra moral

DILEMA DE LA PRÁCTICA

Por Henry Boys Loeb, Presidente Fundación Soñando Chile
El mundo atestigua una crisis política endémica. Ahí donde la ideología reemplaza a las ideas, la demagogia hace lo propio con la democracia y la patria, necesitada de buenos liderazgos, se convierte en terreno fértil para caudillismos inocuos, saturados de promesas grandilocuentes que alucinan a la multitud conduciéndola al abismo.
Absolutamente todos y cada uno de los conflictos intestinos de los países de América del Sur durante el siglo XX han comenzado por estos síntomas y han tenido que llegar a encontrar el remedio, de manera inexorable, en las revoluciones violentas. Las balas han demostrado llenar el vacío que dejan las palabras y la sangre derramada tras su paso lega huellas que ni el verso más noble consigue borrar.
¿Pero de qué se trata realmente la crisis? ¿Cuál es la raíz del problema?
La verdad no es muy compleja y se podría resumir en la palabra coherencia. ¡El Papa Francisco no se cansa de repetirlo! En su exhortación apostólica Evangelii Gaudium, llama al pueblo cristiano a reconsiderar los mecanismos de evangelización y, para sorpresa de muchos, sitúa a la política como un eficaz camino para comunicar el evangelio, manifestando que esta es una de las “más preciosas formas de caridad”. Nos dice Francisco:
“La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de caridad, porque busca el bien común. ¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres!”.
¡La política como una forma de caridad! ¡La política como un mecanismo para evangelizar! Qué fenomenal y transformador mensaje revolucionario. En un mundo en dónde se la considera más un “servirse” que un “servicio”, estas sencillas palabras producen un eco que hace tambalear los cimientos mismos sobre los cuales se edifican las premisas filosóficas que sostienen la incoherencia de muchos líderes contemporáneos.
Por un lado, están quienes niegan con fervor la posibilidad de un ideal, presentando la realidad como un constructo relativo a la aproximación subjetiva de cada individuo sobre la misma y, si bien esta teoría encuentra múltiples adherentes en su formulación inicial, cuando el “todo es posible” se particulariza en el “puedo hacer lo que quiero” y se lleva a la práctica, las libertades comienzan a colisionar.
Este es el caso de quienes promueven el aborto, el matrimonio homosexual o tantas otras cuestiones que riñen con la naturaleza del hombre y su objetividad, puesto que si toda libertad es absolutizada, de consiguiente desaparece toda libertad.
Del otro, encontramos a la naturaleza del hombre y a sus promotores, quienes sostienen que si bien es cierto y legítimo que cada persona detente un acercamiento particular y subjetivo respecto de la realidad que la circunda, no es menos cierto que esa realidad, no obstante la percepción sensitiva o emocional del sujeto, es única, objetiva e invariable. Nadie podría sostener en su sano juicio, por ejemplo, que a causa de la sordera del sordo o de la ceguera del ciego, las cosas no produzcan sonido o estén ocultas a la vista del ojo sano.
En otras palabras, los naturalistas reconocen y admiten como válido un concepto objetivo de bien y de mal; no todo es relativo, puesto que debe respetar tanto la propia naturaleza como la naturaleza ajena, arribando a un contenido íntegro, justo y efectivo para los conceptos de igualdad, bien común o personalidad, entre tantos otros.
Y aquí es donde se comprende el dilema.
Quienes adhieren a la primera corriente, los relativistas, al constatar el descontento producido por las consecuencias prácticas de sus planteamientos, optan por comunicar la teoría y callar la práctica, mintiendo. Prometen la máxima libertad individual pero olvidan puntualizar que, en el camino para obtenerla, cada persona tendrá que lidiar con la odiosa tarea de hacerla valer por sobre otra persona, que también persigue de manera absoluta su propio bienestar. Es una utopía irrealizable.
Por otra parte los naturalistas, convencidos y con justicia de la veracidad de sus planteamientos, prometen un ideal. Buscan que la persona humana y su naturaleza se constituya en el centro de la política social; anhelan con veracidad ciudadanos nobles, respetuosos de sí mismos y de su entorno; tienen la mirada puesta en la verdadera felicidad, la trascendente, que reconoce que el hombre no es sólo materia sino que tiene un espíritu que lo eleva, esa felicidad que no muestra caminos fáciles pero sí caminos de paz.
El problema con ellos es otro: muchos no consiguen pasar del discurso a los hechos. Aquí podemos situar a los que llevan una vida pública de mártires y una vida privada de tiranos, los falsos santos, esos que llegan a los altares mucho antes de su muerte y caen de forma estrepitosa al breve andar. Aprenden a duras penas que no es viable transar fines por medios porque, en aras del objetivo final –la santidad–, los medios forman parte ínsita del fin en materia moral.
Como se ve, ambos son incoherentes. Ambos horadan la importante fe pública, aquella cuota de confianza necesaria para que alguien otorgue un mandato para que otro le represente, eso que los romanos denominaban “auctoritas” y que diferenciaba a los gobernantes nobles, que lideraban moralmente a su pueblo, de quienes sólo ejercían la “potestas”, o el poder por la fuerza.
Para quienes buscan elevar la democracia –sistema político, por esencia medio– a un valor absoluto, recomiendo tomar nota de este concepto. El gran desafío para los líderes del mundo es, hoy más que nunca, el demostrar que se deben a su pueblo y, para ello, deberán encarnar una ejemplaridad personal que los haga merecedores de serlo. Al final, todo se reduce a su fibra moral.



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